viernes, 6 de enero de 2017

[Cuento] La Estrella de Poniente

El ángel se acomodó junto a la estrella, como cada noche, y se preparó para las largas horas de trabajo que le esperaban. Era el responsable de escuchar y atender los deseos que los mortales le lanzaban al astro. El suyo no era el lucero más brillante del firmamento, así que nunca recibía demasiadas peticiones, pero hacía casi dos mil años que, en un arrebato, había actuado de faro en una noche mágica, y eso lo hacía especialmente importante. Además, en Nochebuena el número de deseos que recibía cada estrella se multiplicaba. Siempre le había llamado la atención que fuera en una noche dedicada a la felicidad cuando menos felices se sentían algunos hombres.

De repente, entre la profusión de voces una le llamó la atención. El ángel detuvo su escritura, porque todos los deseos quedaban plasmados en el negro papel de la noche, y miró hacia abajo, hacia la Rue des Saulles parisina, donde un joven se asomaba a una ventana y, con el corazón en vela, repetía su ruego.

–Estrella del poniente, quiero ser feliz.

No era una plegaria común, y el ángel decidió bajar a hablar con él. No se disfrazó de hada madrina ni de brillo como en otras ocasiones, sino que se presentó con la siempre efectiva apariencia de ángel.

El joven se quedó estupefacto cuando la estrella que observaba se estiró hacia su habitación y tomó forma ante sus ojos.

–¿Quién...? ¿Qué...? –acertó a balbucir.

El ángel le explicó que había acudido al escuchar su deseo. El joven no contestó de inmediato.

–¿Vienes a concedérmelo?

El ángel sonrió cariñoso. Siempre le había cautivado la candidez con que muchos corazones abrazan lo extraordinario y lo convierten en cotidiano. Le confesó con voz tan sincera como un amanecer que nada le gustaría más que ayudarle a cumplir sus sueños, y le preguntó por qué pedía ese deseo en particular.

–¿Por qué pido ser feliz? –repitió el joven.

El ángel le recordó todo lo que había pedido en su vida: un muñeco articulado, una bicicleta, el valor necesario para declararse, un teléfono móvil, un billete de tren, una cartera elegante, un contrato digno... No difería de los anhelos del resto de mortales. ¿Por qué de pronto pedía ser feliz?

Al joven le costó encontrar las palabras.

–Me he dado cuenta de que cada deseo acaba marchitándose, como los años, y no me dejan otro poso que el siguiente deseo. Me he cansado de arrastrarme bajo el firmamento pidiendo y pidiendo, me gustaría encontrar algo que me llene realmente, y no sé qué es.

El ángel sonrió. En realidad, detrás de sus anteriores deseos, al igual que detrás de todos los deseos de toda la gente, siempre se escondía el anhelo de alcanzar la felicidad y la ignorancia de no saber cómo lograrlo. Pero lo que sorprendía del joven era que él había llegado más allá de los antojos engañosos hasta desenmascarar esa necesidad oculta.

–Entonces, ¿me lo vas a conceder?

No estaba en su mano, y así se lo explicó, porque la felicidad es algo que cada uno debe conseguir por su cuenta. Pero le daría los consejos adecuados para que tuviera éxito. El joven, que creía estar soñando por el tenue tacto de la voz del ángel, le rogó que continuara.

Y así el ángel le explicó que la felicidad no es tener lo que quieres sino querer realmente lo que tienes. Le reveló que, aunque el mundo vende lo contrario y la mayoría se lo cree sin rechistar, la felicidad no está en ningún objeto, lugar o persona. No se esconde en nada que se pueda tocar o poseer; no reside en ninguna ciudad en concreto, ni en una casa, montaña o costa; no consiste en estar con la persona perfecta o en quedarse solo. Y que, muchas veces, creer lo contrario sólo nos aleja de lograr ser felices.

También le contó que no importa qué escuela de pensamiento se siga, porque ser feliz no es vivir el momento, pero tampoco es vivir pensando en mañana. De ambos modos y de muchos más se puede ser feliz. También le desanimó, porque le hizo ver que la felicidad no se consigue en un día ni de un modo fácil ni cómodo, y que hace falta mucha voluntad para alcanzarla, tanta que la mayoría prefieren seguir entregándose a los placeres y los caprichos. Porque la felicidad no es un destino sino un camino sin final que ha de seguirse siempre, y como todos los caminos tiene baches y se hace largo, en ocasiones insufrible. Pero el esfuerzo merecía la pena, y así se lo dijo.

Finalmente le explicó qué debía hacer para ser feliz, y el joven se echó a reír incrédulo.

–¿Y eso es un consejo? –ironizó–. Más me valdría querer gobernar el mundo, sería más fácil.

El ángel le dio la razón, pero le recordó que de ese modo no cumpliría su deseo. Y, dejándole a solas con sus pensamientos, regresó junto a su estrella.

Pasó mucho tiempo preguntándose si aquel joven aceptaría todo lo que le había dicho, rezando para que así fuera, al igual que rezaba por que todos los mortales lo comprendieran. Porque, si normalmente les resulta complicado acercarse a la felicidad, vana sería la esperanza en la humanidad si a aquel que se le ofrece en bandeja la rechaza.

La respuesta le llegó un año más tarde, la siguiente Nochebuena, cuando desde la misma ventana de la misma calle surgió la misma voz con un nuevo deseo.

–Estrella del poniente, quiero hacer feliz al mundo.

El ángel sonrió y siguió apuntando antojos.


Recupero el presente relato de la felicitación de Navidad de 2016 para la participación en el concurso de Cuentos de Navidad de Zenda Libros e Iberdrola 2017. Además, da la casualidad de que es el cuento favorito de la Sra. Combarros, fan incondicional y amiga sincera.

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