miércoles, 25 de abril de 2012

[Crítica] Peter Pan, de James M. Barrie

De modo que con algún que otro disgusto, pero en general con gran diversión, se fueron acercando al País de Nunca Jamás, y al cabo de muchas lunas llegaron allí y, lo que es más, resulta que habían estado viajando sin desviarse todo el tiempo, quizás no tanto debido a la dirección de Peter o de Campanilla como a que la isla los estaba buscando. Sólo así se pueden avistar esas mágicas orillas.
Acabo de leer Peter Pan, el original, el que publicó el Sr. Berry en 1911 como "Peter y Wendy", basándose en la obra de teatro que había escrito unos años atrás. Iba cargado con todos los prejuicios habidos y por haber, desde el clásico de Disney al fantástico Hook, pasando por la versión de 2003 y la secuela animada de 2002. Y, por supuesto, la soberbia Descubriendo Nunca Jamás que recomiendo con ahinco. No me pregunten por qué, quizá por esta última película, pero intuía que en el libro encontraría algo que no han podido plasmar en ninguna película. Y, efectivamente, lo encontre. Valga como ejemplo el párrafo que abre esta entrada, y que hace del viaje a Nunca Jamás algo mucho más largo y entretenido que los vuelos instantáneos a los que estamos acostumbrados.

Una de las portadas originales de Peter Pan
Fuente: Wikimedia
En el libro original, Peter es un niño egoista para quien todo es un juego. Ojo, no es un duende de orejas puntiagudas. Es un niño, o mejor dicho, el niño por autonomasia. También es el líder del grupo, al que todos admiran y siguen aunque no comulguen con sus ideas. Muchas veces es un cacique caprichoso, aunque su seguridad le da aún más puntos para que los niños perdidos le obedezcan ciegamente.

Si últimamente han jugado con niños, descubrirán que los juegos de Wendy y el resto de niños son un reflejo de los juegos que incluso hoy se repiten. Juegos en que se viven aventuras, sí, pero también se repite la rutina y se imita a los adultos.
También tiene que haber sido muy bonito ver a los niños reposando en una roca durante media hora después del almuerzo. Wendy se empeñaba en que lo hicieran y tenía que ser un reposo auténtico aunque la comida fuera ficticia.
En esos juegos de imitación de la vida adulta,  cuando Wendy actúa como madre de los niños perdidos porque es lo que quiere ser, los mundos de Peter y de Wendy colisionan. Wendy es una mujercita, Peter no quiere crecer. Su inocencia infantil, además de egoista, es tan crédula que a veces necesita que le recuerden que aún es un niño.
—Estaba pensando —dijo él, un poco asustado—. Es mentira que yo sea su padre, ¿verdad?
—Oh, sí —dijo Wendy remilgadamente.
—Es que —continuó él como excusándose—, ser su padre de verdad me haría sentirme tan viejo.
—Pero son nuestros, Peter, tuyos y míos.
—Pero no de verdad, ¿no, Wendy? —preguntó angustiado.
—Si no lo deseas, no —replicó ella y oyó claramente el suspiro de alivio que soltó él.
Como se intuye, el libro plasma la ideología y los estereotipos sociales de la época, y también plasma la guerra de sexos que en cada momento de la historia ha tenido distintas manifestaciones.
—Lo único que recuerdo de mi madre les dijo Avispado, es que le decía a papá con frecuencia: "Oh, ojalá tuviera mi propio talonario de cheques".
Un mapa de Nunca Jamás tan válido como cualquier otro porque, como dice el Sr. Barrie, " los Países del Nunca jamás son muy distinto"
Fuente: Disney Wikia
Copyright: Disney

Está lleno de críticas incisivas y agudas del mundo adulto desde el punto de vista infantil, pero tampoco se libra de un análisis muy acertado de la realidad de los niños, sus fantasías, sus juegos y sus ilusiones. La ilusión y la realidad se confunden a menudo. Los personajes siguen destinos distintos a todas las versiones cinematográficas a las que estamos acostumbrados, algunos incluso mueren definitivamente. Y, como se anticipa desde la primera página, Wendy, John y Michael regresan a casa tras su singular epopeya. Pero no regresan solos.
La escena no podría haber sido más encantadora, pero no había nadie para contemplarla, excepto un extraño chiquillo que miraba por la ventana. Tenía alegrías innumerables que otros niños jamás llegan a conocer, pero estaba contemplando por la ventana la única felicidad a la que jamás podría aspirar.
No, ése no es el final. El libro sigue después con un epílogo magnífico, que deja una ventana abierta a la imaginación que, como tantas otras delicias que se esconcen en sus páginas, me pilló de improviso. Les invito a descubrirlas, encontrarán un libro lleno de sorpresas y mucho más profundo de lo que esperan, un libro que tanto por forma como por fondo se merece estar donde ha llegado.

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