miércoles, 16 de noviembre de 2011

Carta de disculpa

Querido amigo,

Hoy no te he podido contestar, estaba en una de esas reuniones que duran tantos eones que te sorprende que las civilizaciones aún se mantengan al acabar. Sí, una de esas reuniones en las que se discuten asuntos de gran urgencia e importancia que quedarán olvidados al atravesar el marco de la puerta. Mi dedo, obligado por el respeto a los contertulios, ha tenido que silenciar el timbre de tu llamada. Perdóname.

Miento al decir que estaba en una reunión, pues sólo parte de mí lo estaba. Mi cuerpo era visible, sí, y muchos testigos lo afirmarán sin duda. Mi mente seguía los derroteros del orden del día, y así lo atestiguarán quienes oyeron las palabras que aporté. Pero mi alma, querido amigo, mi alma no estaba en esa sala, en ese cuerpo, escuchando aquellas frases. Mi alma estaba acurrucada en un rincón de mi pecho, acongojada, sola, aplastada.

El mundo no se detiene cuando alguien se baja de él, sigue moviéndose a la misma velocidad que antes de que nos paráramos a mirar por última vez a ése que ya no viajará con nosotros. Cuando apartamos la vista, descubrimos que los paisajes, las caras, la gente, siguen cambiando a toda velocidad, mareándonos. Y así ha sido mi regreso al trabajo: intenso, arrebatador, absorvente, pero, en contraste con el viajero que nos dejó, frío, insulso, incoloro. Mi alma desearía que este viaje fuera una gran fiesta, en la que sólo se ganan compañeros y amigos, nunca se perdieran. Pero esas no son las reglas, no, la letra pequeña del billete que no leímos era bien clara: la gente se apea, pero no hay paradas; se apea en marcha.
Por eso te pido perdón, amigo mío, y te doy las gracias. Porque, mientras me hundía entre las vanalidades de la vida cotidiana, con el alma arrinconada y amordazada, tu llamada no respondida ha sido como un soplo de aire fresco para mi espíritu. Sólo el calor de los que aún siguen aquí templa la gelidez del día a día. Y cuando, agotado como si me hubieran absorvido hasta la última gota de vida, me he arrastrado fuera de la reunión, el recuerdo de tu llamada no contestada ha bastado para que me sienta vivo de nuevo, que vuelva a tener ganas de viajar.
Prometo llamarte pronto. No temas colgarme, sabré que estás allí, como yo al colgarte.
Tu amigo.

2 comentarios:

JR dijo...

En mis últimos meses "en activo", cada vez que recibía la llamada de un amigo en mitad de una reunión tediosa, no me lo pensaba dos veces: tras un "disculpad, es importante", abandonaba la reunión y atendía la llamada. ¡Que liberación más grande!. Cuando retornaba a la reunión, con la sonrisa en la cara, no me había perdido nada...

L.P. dijo...

Buen consejo, JR. Ojalá fuera válido para las reuniones en las que se es parte activa... Pero tomo nota para el resto, intentaré darle un valium a mi sentido de la responsabilidad para que me deje utilizarlo.

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